CARTOGRAFÍA
Autor: Rafael Volta
Sección: Circo papelito
Fecha de publicación: 2017-11-07
No. Dossier: 1
Antes de servir la sopa siempre decías que te faltaba alguien. Tomabas el vaso extra sobre la mesa con agua de melón y enseguida soltabas esa frase como si al decirla pudieras cambiar las cosas. Yo comía deprisa las lentejas y luego el espinazo. No se acostumbraba postre. Muy rara vez un boli o un gansito. Después, en el silencio que tienen las amas de casa con sus pensamientos, recogías los platos y los lavabas pues no te gustaba que la casa estuviera sucia y de nuevo volvías a decir que faltaba alguien en la mesa.
Desde las tres de la tarde llevo buscando los negativos. Ya revolví los cajones de la cómoda, del ropero, del buró; busqué debajo de la cama y del colchón; vacié las cajas que dejaste llenas de tickets; separé cada hoja de los álbumes de tu boda con papá, de las fiestas de cumpleaños, de mi primera comunión. No aparece nada.
Recuerdo que te salieron unos chinos de peluca payaso y todos te preguntaban si habías ido con el estilista y contestabas que no, que eran naturales y suaves como el pelo de los recién nacidos. Apenas un año atrás tu cabeza la cubría un turbante y parecías una de esas señoras místicas que te van a leer la mano y a adivinar el futuro. A mí me hubiera gustado quedarme girando en el pasado repitiendo una y otra vez el mismo día: en la mañana irnos a correr a parques para disfrutar el olor de la tierra y del pasto recién cortado, luego ir a comprar carnitas o barbacoa en el mercado para almorzar en casa de la abuela y después de escucharlas chismear por dos horas, regresar a pie con las bolsas del mandado para que hicieras de comer. Dicen que la sazón de la madre nunca se olvida. La última vez que te vi, me preparaste de desayunar no sé qué cosa y desde entonces ya no he vuelto a comer bien.
La muchacha que me ayuda una vez por semana revolvió todo. No hace bien su trabajo. La casa al otro día está igual de sucia y desordenada. Los muebles tienen esa fina capa de polvo que los maquilla. Me dijo que le pareció haber visto un sobre amarillo con muchos negativos y que lo había dejado en el cajón del buró izquierdo, donde están las escrituras de la casa, la factura del coche, la hipoteca que ya se pagó, los certificados de estudios, los estados de cuenta acumulados. En ese mismo cajón guardé las cartas que nos enviabas cuando estuviste internada. Lo importante está revuelto junto con un montón de papeles que nos dicen lo que somos de acuerdo a lo que lo que compramos.
Tus chinos canela te hacían ver más joven y sana. Daban ganas de desenredarlos con la mano y comerlos como si fueran algodones de azúcar, de esos que venden los domingos en el centro. La tía no se cansaba de festejar que te salieron chapitas. Pero lo que más contenta te tenía era que las várices en tus piernas, que aparecieron cuando me tuviste a mí, ya no estaban. Naciste de nuevo y no parecías de cuarenta y tres.
Anochece y el foco está fundido. Me da flojera ir a la tienda y comprar el foco, cambiarlo y seguir buscando. Tal vez la muchacha de la limpieza tiró los negativos y he perdido toda la tarde buscando algo irrecuperable. Un recuerdo perdido.
—¿Para qué vas? —te dije fastidiado mientras sonaba por décima ocasión la cancioncita de circo que te costaba memorizar. No me respondiste y le diste regresar otra vez al cassette que mi prima Claudia te había dado para montar la función. La tía Lola, mamá de Claudia, te convenció de actuar porque la Bolita original se distendió el tobillo. Así que mi prima —Palito, la payasita lista— necesitaba una patiño.
La televisión siempre ha estado en la sala junto con el estéreo. Sigue todavía ahí. No he movido de lugar los trofeos que ganaste cuando corrías maratones. Me dijiste que pasara lo que pasara, nunca los moviera. En lo más alto, las figuras doradas de los corredores siguen triunfantes a pesar del polvo. La sala es la casa dentro de la casa.
Ahí pasábamos la mayor parte del día, escuchando el radio para estar al pendiente de las trivias o viendo las telenovelas. Llamábamos a los locutores, pero siempre sonaba ocupado. Otros habían marcado más rápido que nosotros. Los premios no eran la gran cosa: una cortesía para el cine, un descuento en alguna tienda o un disco de moda. Una vez sí entró nuestra llamada y ganamos dos boletos para el Circo Chino de Pekín. Fuimos y apenas nos alcanzó para una coca y las palomitas. Tuve la sensación de haber cruzado un pasadizo mágico para entrar a la carpa y al estar ahí teníamos los superpoderes para que el funambulista no cayera, para que los tigres no mordieran a los domadores y para que a los payasos no se les corriera el maquillaje cuando se ponían tristes y lloraban. Al regresar a casa, no paramos de platicar sobre las proezas de los cirqueros. Te dije que cuando tuviera un trabajo yo te iba a invitar a pasear, compraría un helado de chocochip, luego iríamos al circo y después te llevaría a cenar a ese restaurante de grandes ventanales y velas en las mesas que se llamaba como tú.
La canción seguía sonando. Los movimientos de tus manos hacia afuera y hacia adentro intentaban atrapar la felicidad del sol atardecido sobre tu pecho. No coordinaban y mí me daba coraje que lo siguieras intentado porque sentía que hacías el ridículo y no eras un payaso de verdad como aquellos que fuimos a ver. Me desesperaba verte bailar moviendo tus labios fuera de sincronía sin poder aprenderte la canción y además no me dejabas ver la tele por estar repitiendo y repitiendo y repitiendo tus pasos de baile. Entonces me levanté, apagué el estéreo y te dejé ahí con tu música y tus bailes bobos. Subí a mi cuarto y cerré la puerta porque mis oídos estaban cansados de oír la misma letra de una canción de circo donde el mundo es siempre feliz y el universo es de colores y los días tienen mil arco iris en el cielo. Nosotros estábamos muy lejos de eso y apenas alcanzaba el dinero para comprar de postre un helado de vainilla. La verdad no recuerdo mucho, lo que hacíamos los domingos, aparte de ir a misa y dar gracias porque estabas sana otra vez.
Ya saqué toda la ropa del closet. Quizá el sobre esté en las bolsas de una chamarra o un saco que ya no me queda. Mi espalda se ha ensanchado y mi panza ha crecido. Muchas camisas de vestir tienen polvo en el cuello y no me cierran los botones en el pecho como si me hubiera atragantado con la nostalgia de la luna. Encontré ropa todavía tuya que no se vendió y algunas bolsas de señora que ahora vuelven a estar de moda porque son grandes y de piel. Sigue sin aparecer nada, sólo encuentro notas de venta de la tintorería y una que otra moneda fuera de circulación.
Los viernes no nos perdíamos la novela de las ocho de la noche mientras planchabas nuestra ropa hasta el noticiero de las once. Tu rostro se enrojecía por el calor. Y a mí me molestaba que me mandaras a sacar la basura porque ya no querías salir. Te daba miedo que te diera un aire y quedaras con la boca chueca o que el frío traspasara tus músculos y huesos y te enfermaras de no sé qué cosa que ya no se pudiera curar con pastillas.
Ahora que no estás me sigue costando trabajo entenderte: para qué regresar a la Ciudad de México a dar una función si ya estabas sana y los niños no. Deberías haberte quedado, aquí conmigo e irnos a pasear al centro como te prometí. Había ahorrado para ir al cine, atascarnos de palomitas y luego cuando nos diera mucha sed atragantarnos de refresco. Y a la mañana siguiente ir a correr y saber que a pesar de que yo era más rápido que tú, al final aguantabas más. No sé de dónde sacabas tantas fuerzas y ganas de seguir corriendo como si fuera el último kilómetro de tu vida. Me chocaba tu entusiasmo por volver al lugar donde sufriste tanto. Yo te necesitaba más a ti que esos niños enfermos que no tenían dinero para curarse y se hospedaban en el albergue de las madres vicentinas. Las veces que te acompañé, sufrí. No me gustaba dormir en las literas con gente extraña, enferma y que pedorreaba los frijoles que nos daban de comer en abundancia. La vida era aburrida ahí. Las madres nos platicaban acerca de un dios que podía curarlo todo. Las señoras ricas, que estuvieron enfermas igual que tú, pagaban los tratamientos que papá no podía pues en su trabajo no le daban prestaciones.
Ahora que lo pienso, aquellos viajes a la ciudad de México, tan difusos en mi memoria, quizá me estaban preparando para algo: aprendí a moverme en metro, tomar el pesero, a no tenerle miedo a una gran urbe. Poco recuerdo de las conversaciones que teníamos en las tres horas de camión, en la hora que hacíamos en metro desde Central Del Norte a Tasqueña y en la otra hora que pasábamos en el pesero de Tasqueña a la zona de hospitales de Tlalpan.
Me estabas enseñando a estar solo.
De lo que sí me acuerdo fue de todas las veces que te traté mal. Como cuando te dejé en el cine, al que por fin te había invitado, porque te molestaba el alto volumen del sonido THX. Me enojó tu debilidad, estábamos ahí para disfrutar El día de la independencia pues hace mucho tiempo que no veíamos una película sin comerciales. Llegaste casa, pensé que me castigarías, pero me preguntaste si quería algo de cenar. O como cuando me negué a llevarte al baño porque no podías levantarte pues tu último tratamiento te dejó tan débil que parecías una paralítica. Me encerré en mi cuarto y te dejé en la sala con las ganas. Llamaste a la tía y ella te consoló y después me arrepentí y bajé llorando para abrazarte y pedirte perdón, si es que puede perdonarse una acción así. Y entonces, me contestaste algo que no se me ha olvidado nunca: “hijo, no quiero que tú sufras”.
Dormí con la cama desordenada de objetos: fotos de las vacaciones en Acapulco, ropa tuya, negativos de fiestas familiares; hasta encontré una copia de mi acta de nacimiento. Cuando duermes con el pasado, no descansas bien. Soñé que estaba en la función y te aplaudía mucho, eras una cosa hermosa. Las dinámicas de Bolita y Palito me hacían reír hasta la carcajada. La dona sostenida por una cuerda y comérsela a mordidas para ganarse una bolsita de dulces. El juego de haber quién gana la silla, y a los perdedores romperles cascarones llenos de confeti. El mundo contigo es mejor para mí, aunque no vea tu cara pues tu rostro lo cubren una nariz gigante de payaso y dos chapitas demasiado rojas.
Tu alegría contagiaba toda la casa con la ilusión de llevarles una función de circo a pesar de que hacías playback y no podías coordinarte. Nunca habías actuado y menos disfrazado de payaso. Pero en el sueño lo hacías tan bien que todos los niños y sus papás estaban contentos y aplaudían a pesar de que sus domingos eran más escurridos que los de nosotros. Me negué a acompañarte para no ser testigo de tu ridículo. Y a un año de que te enterramos, he buscado como loco las fotos que dicen que te tomaron, para tratar de recuperar mi memoria con las cosas desordenadas como las dejaste. Tengo unas ganas inmensas de vivir lo que no viví y quisiera recuperar esas fotos donde no aparezco para saber lo que se siente estar alegre y compartir un poco de tu tiempo aun en el dolor de la enfermedad.
Recojo algunos de los negativos sobre el piso. Los miró a contraluz y son escenas de otras fiestas con otras personas que ya no forman parte de mi vida. Creo que nunca los voy a encontrar, pero seguiré buscando. Ahora que lo pienso, imagino que sostenías a uno de aquellos niños entre tus piernas, porque te recordaban al bebé que perdiste. Quizá él sí te hubiera acompañado a dar la función y jamás se hubieran enojado contigo ni dejado sola.